La Fundación Fusara celebra su centenario poniendo en primer plano las voces de quienes la han vivido: las niñas y adolescentes que hoy encuentran allí un hogar entre semana, las antiguas residentes que construyeron desde ese apoyo un futuro propio y las familias y equipos educativos que han sostenido durante décadas un proyecto de cuidado, educación y oportunidades en la Comunidad de Madrid.
(Fuente de la noticia: Magisterio)
La conversación telefónica con Luana, a la que todos llaman Lu, fue de esas que dejan huella. A sus 13 años, su voz transmite una serenidad poco común y una gratitud que se percibe incluso al otro lado del teléfono. Habla con naturalidad, pero también con emoción, como una niña feliz y agradecida a la vida, agradecida por el lugar en el que está y por las personas que la rodean. Llegó desde Perú y lleva ya cuatro cursos en la residencia, donde su día a día tiene una cadencia pensada para que crecer sea también aprender a convivir.
Cuenta que por la mañana les despiertan con música; que después llegan el colegio, la merienda, el patio, el estudio y las actividades. Los lunes tienen tutoría personal con la educadora; los martes, deporte; los miércoles, PAD o Tribunal de Convivencia; los jueves, películas o manualidades. Todo responde a una idea clara: ofrecer un entorno estable, donde cada gesto ayude a reforzar la autonomía, la convivencia y la madurez emocional.
Lu describe su primer día con una sinceridad que desarma: estaba triste, se sentó en la cama con ganas de llorar y, sin embargo, tanto una educadora como sus compañeras estuvieron pendientes de ella desde el principio. Con el tiempo, dice, dejó de sentirse sola y empezó a reconocerse en los pequeños gestos del grupo: ayudar a las más pequeñas, leerles cuentos o peinarlas antes de dormir cuando hace falta. Ahora es ella la que acompaña a las niñas que llegan nuevas, ayudándolas a integrarse para que no pasen mal las primeras semanas, del mismo modo que la ayudaron a ella cuando llegó. En esa cadena silenciosa de cuidado, en esa manera de ser acogida y después acoger, se resume buena parte del valor educativo de la residencia.
“Una familia muy grande”
Luana lo explica con una imagen sencilla y poderosa: la residencia es una «familia muy grande». Llegó a España desde Perú cuando tenía 9 años, después de que sus padres emigraran en busca de seguridad y de un futuro mejor para sus hijas. Recuerda la primera noche con agobio, con esa mezcla de miedo y desarraigo que acompaña a los comienzos difíciles. Pero también recuerda cómo enseguida sintió el apoyo de las demás niñas y de las educadoras, que la ayudaron a entender las rutinas y a no sentirse extraña.
«Aprendí a cuidar yo también a las más pequeñas», cuenta, hasta sentir que tenía «muchas hermanitas chiquitas». Sus dos hermanas menores comparten hoy con ella ese mismo hogar entre semana, y eso ha reforzado un vínculo familiar que antes parecía amenazado por la distancia y la incertidumbre.
Su relato contiene la verdad de lo que ocurre en estos lugares cuando funcionan bien: no solo se protege, también se repara la confianza. Lu habla de turnos de limpieza y de orden «no porque sí, sino para hacer la vida más agradable a las demás». Habla del estudio como una rutina exigente, pero útil, porque le permite sacar adelante las materias y pensar en un futuro con más opciones. Habla de educadoras que «nos enseñan a organizarnos y a aprovechar el tiempo». Y habla, sobre todo, de una disciplina «con amor», expresión que quizá resume mejor que ninguna otra el tipo de autoridad que la fundación ha sabido sostener durante décadas: firme, cercana y orientada siempre al bien de la menor.
Antiguas residentes, futuros construidos
La transformación que propicia la fundación no termina al salir de sus centros. Elena García, antigua residente de San Ramón y San Antonio, estuvo allí entre los 12 y los 18 años. Hoy trabaja en el sector aeronáutico, como ingeniera de sistemas en el diseño de nuevos aviones, tras haberse graduado con brillantez universitaria. Cuando habla de su paso por la residencia, se muestra enormemente agradecida y recuerda las horas de estudio, la disciplina y los valores recibidos, pero también la sensación de haber vivido en un entorno que le exigía mucho porque confiaba en ella.
«Sin lugar a dudas, una de las mejores épocas de mi vida», asegura. Y añade algo revelador: compartir el día a día con las amigas, dormir juntas, estudiar juntas, crecer juntas. La exigencia académica no anuló el afecto; al contrario, fue posible gracias a ese clima de cuidado.
Elena reconoce además que, cuando llegaron ella y sus hermanas, llevaban una vida bastante desordenada y loca, «lo típico de los adolescentes». Sin embargo, en menos de un año en la residencia ya se centraron. No sabe qué hubiera sido de ella sin su paso por la residencia y, entre risas, cuenta que era su hermana la que estaba más gamberra. Lo que en la adolescencia parecía a veces una rutina dura terminó siendo una estructura imprescindible para construir su futuro.
En el colegio descubrió su pasión por la química, y en la residencia encontró la constancia necesaria para convertir esa pasión en una profesión. Hay en su recorrido una lección importante para el debate educativo actual: el talento necesita esfuerzo, sí, pero también necesita entornos estables que lo hagan posible.
Otro testimonio elocuente es el de Julia Fuentes, que pasó por Santamarca y después por San Ramón. Su itinerario posterior habla por sí solo: doble grado en Criminología y Trabajo Social, experiencia laboral en una startup, un segundo grado en Psicología compatibilizado con el trabajo y, en la actualidad, responsabilidades de dirección de equipos en el ámbito de la ayuda a domicilio. Historias así muestran que el impacto de la fundación no se mide solo en expedientes o promociones, sino en trayectorias de movilidad social y en mujeres jóvenes que han logrado construir un proyecto propio desde contextos complejos.
La familia y el colegio, parte del cuidado
También las familias ponen palabras a lo que significa sentirse acompañadas. María Julia Ávalos, madre de residentes, expresa una gratitud que va más allá del agradecimiento formal. Habla de dedicación, de cariño, de paciencia, de profesionalidad. Habla de un equipo que ha estado de punta a punta en los momentos más difíciles y que ha sabido responder cuando la preocupación familiar era más intensa. Y habla de algo que toda institución educativa debería aspirar a escuchar alguna vez: que gracias a ese apoyo sus hijas han podido crecer como personas de bien. En tiempos marcados por la desconfianza hacia tantas organizaciones, testimonios así recuerdan que la credibilidad sigue naciendo del trabajo bien hecho y de la presencia constante.
La directora del colegio subraya que esa misma lógica atraviesa toda la vida educativa del centro. Explica que el proyecto solo funciona cuando conviven la exigencia académica, la atención personal y una mirada capaz de detectar qué necesita cada alumna para avanzar. No se trata únicamente de enseñar contenidos, sino de acompañar procesos, sostener hábitos y crear un clima en el que estudiar tenga sentido. Esa es, añade, una de las mayores fortalezas de la fundación: convertir la escuela en un espacio de confianza donde cada niña puede sentirse vista, escuchada y capaz.
Cien años de una historia compartida
Su historia comienza mucho antes de que existiera la sigla que hoy la identifica. En 1907, Carlota Santamarca y Donato, condesa de Santamarca, impulsó la Fundación Santamarca. En 1925, Antonia González Pérez creó la Fundación San Ramón y San Antonio. Dos iniciativas nacidas desde la sociedad civil, dos mujeres con una mirada clara sobre la infancia y la formación, y un mismo deseo de servicio que terminó confluyendo en 2008, cuando ambos patronatos unieron sus trayectorias para fortalecer un proyecto común. Esa continuidad entre pasado y presente es, probablemente, una de las claves de su legado institucional.
Hoy la fundación desarrolla su labor a través de dos colegios concertados, el Colegio Santamarca y el Colegio San Ramón y San Antonio, y de dos residencias de menores que atienden cada año a más de un centenar de niñas y adolescentes de entre 3 y 18 años en situaciones de vulnerabilidad social o económica. En un momento en el que tantas veces se habla de equidad en términos abstractos, la entidad la traduce en algo muy concreto: alojamiento, manutención, apoyo educativo, seguimiento personal y una red de adultos que no reemplaza a la familia, pero sí la acompaña para que ninguna menor quede sola ante la dificultad.
Madrid ha cambiado mucho en este siglo, pero no han desaparecido las desigualdades de origen. Siguen existiendo familias atravesadas por la precariedad, la migración, la soledad o la imposibilidad de conciliar trabajo y crianza. En ese punto exacto, donde el sistema muchas veces llega tarde o solo actúa cuando el problema se ha agravado, la fundación ofrece un recurso preventivo y profundamente humano. No adoctrina: educa. No infantiliza: acompaña. No se limita a custodiar: ayuda a pensar, a expresarse, a adquirir hábitos, a descubrir talentos y a crecer con un sentido de dignidad personal.
La misión se percibe con especial nitidez en la residencia de San Ramón y San Antonio, dirigida por Paula Fuertes. Allí, explica, llegan sobre todo niñas de familias migrantes que atraviesan contextos de vulnerabilidad social y necesitan un apoyo estable para poder salir adelante. Son madres y padres que trabajan, que quieren cuidar a sus hijas, pero que a menudo viven en habitaciones compartidas, en infraviviendas o en condiciones que hacen muy difícil la conciliación. La residencia funciona, en ese sentido, como un espacio decisivo: una ayuda anterior a la ruptura, un lugar donde la protección y la educación actúan juntas para evitar males mayores.
En la práctica, esa ayuda tiene el rostro cotidiano de una vida ordenada. Las menores están en la residencia de lunes a viernes. Se levantan, desayunan, van al colegio, meriendan, juegan al aire libre o hacen deporte, estudian durante unas dos horas y participan en actividades orientadas a fortalecer habilidades emocionales y sociales. No son añadidos ornamentales. Son herramientas para la vida: tutorías personales, espacios de encuentro, juegos de rol, escucha activa, empatía, asertividad o el llamado Tribunal de Convivencia, donde los conflictos se hablan y se resuelven en grupo. Hay una pedagogía de la convivencia en cada gesto, una enseñanza constante de que vivir con otros exige respeto mutuo y responsabilidad.
El centenario como memoria viva
La celebración del centenario quiere estar a la altura de esa historia. Para conmemorar los cien años, la fundación abrirá al público una exposición que permitirá recorrer su patrimonio artístico, entre el que destacan seis obras de Goya donadas por las fundadoras. No será solo una muestra de piezas valiosas, sino también un modo de recordar que en este proyecto la educación, la acogida y la cultura forman parte de una misma idea de servicio. La institución no entiende el patrimonio como algo decorativo, sino como una herencia compartida que también puede educar la mirada.
A ello se sumarán una representación teatral de época en los colegios, centrada en la historia de las fundadoras y en el origen de la fundación, además de actividades para alumnado, profesorado y familias. La celebración, por tanto, no mira únicamente hacia atrás. Busca reforzar el sentido de pertenencia de quienes forman hoy la comunidad educativa y transmitir a las nuevas generaciones que los proyectos duraderos se construyen con memoria y propósito.
Una mirada al futuro
Tal vez lo más admirable de esta institución sea que, cien años después, sigue sabiendo dónde está lo importante. No en los discursos, sino en las personas. En la niña que llega asustada y termina sintiéndose parte de un grupo. En la adolescente que descubre que puede estudiar, organizarse y aspirar a una carrera universitaria. En la familia que encuentra un apoyo antes de que la situación se rompa. En la educadora que escucha. En la directora que coordina. En el personal que limpia, cocina o acompaña con la misma conciencia de formar parte de una misión compartida.
En un tiempo educativo a menudo dominado por la prisa, la burocracia o el debate ideológico, la fundación recuerda algo elemental: que educar consiste también en estar al lado. En ofrecer estabilidad donde hay incertidumbre. En exigir con cariño. En sostener hábitos. En abrir horizontes. Y en creer, incluso cuando todo alrededor parece empujar en sentido contrario, que cada niño y cada joven merecen una oportunidad real.
No es casual que esa convicción conecte con debates muy presentes hoy en la educación, como el acompañamiento al alumnado vulnerable o la creciente preocupación por el bienestar emocional en los centros, una cuestión sobre la que Magisterio viene insistiendo desde hace tiempo, también en reflexiones como «lo importante no es el yo, son los otros». La fundación lleva un siglo practicando, con discreción y constancia, esa misma filosofía: hacer comunidad para que nadie quede atrás.
La fundación afronta ahora su segundo siglo con la misma certeza que inspiró sus orígenes: que la educación sigue siendo la mejor herramienta para generar oportunidades, cohesión social y futuro compartido. Sus colegios, residencias y proyectos culturales no son piezas aisladas, sino partes de un ecosistema orientado al desarrollo integral de la infancia y la adolescencia, especialmente de quienes parten con más dificultades.
Celebrar un centenario puede ser un ejercicio de nostalgia o una afirmación de responsabilidad. En este caso parece ser, sobre todo, lo segundo. Porque honrar el pasado aquí no consiste en mirar una fotografía antigua, sino en renovar cada día un compromiso muy actual: poner todos los recursos, materiales y humanos, al servicio del bien común. Y hacerlo con una mezcla poco frecuente de tradición, exigencia, ternura y sentido institucional.
Cien años después, el legado de la fundación no cabe solo en una fecha. Cabe en miles de historias. En niñas que encontraron un hogar entre semana y un rumbo para toda la vida. En familias que respiraron aliviadas. En profesionales que aprendieron allí a ser dueñas de su futuro. Y en una ciudad, Madrid, que sería un poco peor sin instituciones capaces de recordar, generación tras generación, que la educación más valiosa es la que cuida y eleva al mismo tiempo.


